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Como el SMI impone un salario común a todas las empresas, sea cual sea su ubicación sectorial y geográfica o la categoría del empleado que contrate, la posibilidad de que genere paro no es desdeñable. José Luis Feito Miembro del Consejo Editorial de Expansión y 'Actualidad Económica'.
Me ha parecido entender que mi amigo Juan José Dolado intentaba el otro día (24 de febrero) defender la bondad de las recientes y venideras subidas del SMI, amparándose en argumentos "menos convencionales pero no por ello menos sabios" que los que yo esgrimía en un artículo anterior (11 de febrero) para criticarlas. Digo "me ha parecido entender" porque, como veremos a continuación, no se puede descartar que su artículo sea en el fondo una crítica quizá más elíptica pero también más hábil que la mía a dichas subidas.
Antes de mostrar que aun aceptando todos los supuestos de Dolado, la subida del SMI sería criticable, permítanseme algunas observaciones sobre el modelo de competencia perfecta. La representación de la oferta de trabajadores de una determinada categoría laboral mediante una curva de elasticidad infinita a un cierto nivel salarial refleja una idea elemental: que cuando la empresa contrata, por ejemplo, una secretaria o un ingeniero, no influirá en el salario de mercado de las secretarias e ingenieros. Es una idea que, a mi juicio, capta razonablemente bien la realidad a la que se enfrentan las pequeñas y medianas empresas que emplean cerca del 70 por ciento de los trabajadores del país, e incluso la de buena parte de las restantes.
Evidentemente, si consideramos los costes de información y otras fricciones, habrá unas empresas que paguen más y otras menos que el salario de mercado, de la misma manera que los consumidores pagan distintos precios por un mismo producto en un mercado de bienes competitivo. Pero esto no convierte el mercado de trabajo en un monopsonio, ni hace que la empresa competitiva que, como consecuencia de la imposición de un salario mínimo, sufra una subida de sus costes laborales contrate más trabajadores, sino todo lo contrario. Para que la empresa ejerza poder monopsonístico sobre sus trabajadores, para que se enfrente a una curva de oferta de trabajo creciente que permanente y significativamente difiera del modelo competitivo, es necesario que existan barreras naturales o legales permanentes a la entrada de otras empresas en el sector y obstáculos también permanentes a la oferta de trabajadores.
Pero aceptemos, como propone Dolado, que vivimos en el mundo joanrobinsoniano de 1934 (fecha de publicación de su libro La economía de la competencia imperfecta) dominado por monopolios de oferta en los mercados de productos y monopsonios en el mercado de trabajo. Como el propio Dolado admite, aunque todos los trabajadores del país fueran objeto de explotación monopsonística, no tendría sentido la imposición de un salario mínimo común a todos ellos. Aun en ese mundo, irreal a mi convencional juicio, sólo se podría justificar el salario mínimo bajo dos condiciones. Primera, debe haber un salario mínimo diferente según el grado de monopsonio existente, no ya en cada categoría laboral sino también dentro de cada una de ellas, según los diferentes sectores y territorios donde se contrate al trabajador.
Piénsese, por ejemplo, que los costes laborales del sector de la construcción en Madrid superan en más de un 60% los del mismo sector en Extremadura. Segunda, el salario mínimo en cada uno de esos submercados de trabajo no debe superar el salario de equilibrio que existiría en cada uno de ellos si funcionaran según el modelo de competencia perfecta (nótese que, después de todo, este modelo es útil para Dolado). Como el SMI impone un salario común a todas las empresas con independencia de su ubicación sectorial y geográfica, o de la categoría del trabajador que contrate, se violan las dos condiciones anteriores, y, por tanto, la probabilidad de que el SMI genere paro en unos y otros submercados no es desdeñable. La probabilidad es particularmente elevada en el caso de los trabajadores más débiles o de menor productividad ya que en este caso son menores los niveles salariales correspondientes al equilibrio competitivo.
La probabilidad de que se cercenen las posibilidades de empleo de los trabajadores menos cualificados tiende a convertirse en certeza cuando más aumenta el SMI. Así, por la alambicada vía del mundo de monopsonios, Dolado alcanza la misma conclusión de mi artículo: "... la subida del SMI perjudica a los trabajadores más débiles de la sociedad". En otro orden de cosas, el artículo de Dolado me ha dejado más preocupado de lo que estaba por el riesgo de que las subidas pasadas y futuras del SMI se transmitan al resto de la estructura salarial. Por cierto, no entiendo por qué a Dolado le preocupa, como a mí, esta transmisión, ya que en su mundo plagado de empresas monopsonistas, tanto derecho a un salario mínimo tienen, digamos, las mujeres de la limpieza como las cantantes de ópera, aunque, eso sí, mucho más elevado en este último caso; de hecho, el salario mínimo estaría mucho más justificado para las sopranos, ya que éstas sólo pueden ser contratadas por un reducido número de empresas.
Sindicatos En todo caso, Dolado considera poco probable esta transmisión, porque “el objetivo de los sindicatos es aumentar el peso relativo de la parte baja de la estructura salarial donde se encuentra el grueso de los afiliados”, y porque cuentan con "excelentes economistas que impiden a sus cúpulas cometer errores de bulto contra sus propios intereses". Lo primero es indudablemente cierto; precisamente por eso quieren subir todo lo posible el SMI a fin de proteger a sus afiliados de la competencia de los parados y de los no afiliados que estuvieran dispuestos a trabajar por salarios menores. Sobre lo segundo, acato la opinión de Dolado, buen conocedor de los sindicatos, aunque la caída tendencial de las cifras de afiliación sindical más bien insinúa lo contrario. En todo caso, se ha de tener en cuenta que las presiones para transmitir las fuertes subidas del SMI a escalas salariales que, tácita o explícitamente, se establecen en múltiplos del mismo no procederán sólo de los sindicatos sino también de los trabajadores no sindicados, y se desplegarán en empresas tanto adscritas como descolgadas de la negociación colectiva.
Quizá Dolado dirá que éstas no son más que divagaciones propias del periodismo de púlpito sobre materias en las que se necesita periodismo de investigación, pero prefiero una prédica vagamente correcta a una investigación precisamente equivocada.
Fuente: Expansión y Empleo www.expansionyempleo.com |